Una vejez a la sombra
10.Febrero.2016

—Tengo lo que ocurrió, aquí —dijo señalándose la cabeza, con el índice—. Pasa delante de mis ojos todos los días. Como si fuera una película.

No era la primera vez que hablaba con Emma, pero sí la primera vez que la escuchaba narrar los acontecimientos de aquel terrible día en el que se llevaron a su hijo, Marco Antonio Molina Theissen, cuando tenía tan sólo 14 años. Lo contaba con el gesto estoico, la mirada serena y el dolor agarrado a cada palabra.

—Lo empujaron dentro de la casa y lo engrilletaron a un mueble. A nadie más de la casa. Sólo a él. A mí me llevaron por las habitaciones, buscando armas o qué sé yo qué iban buscando. Cuando pude salir a la calle se lo estaban llevando. 

Aquella sería la última vez que lo vio. Justo un día después de que una de sus tres hijas, Emma Guadalupe, escapara tras nueve días de secuestro, en los que fue torturada y violada repetidas veces por varios miembros del ejército guatemalteco.

El pasado lunes 12 de enero, casi 35 años después, Emma veía sentarse, a un metro de ella, a los cuatro imputados por estos hechos. Altos cargos militares retirados que aparecían con aire despreocupado, saludando a la familia y mostrándose relajados. Como si estuvieran allí para ver un espectáculo y no para formar parte de una audiencia que decidiría si la justicia de Guatemala les iba a abrir un proceso por delitos de deber a la humanidad, desaparición forzada y violación sexual.

 

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Originalmente publicado en El País de España